
Veamos, la relación comenzó muy bien, sí, como la mayoría. Yo me fui de viaje de egresados (casi lo dejo porque pensaba que quería estar soltera en Cancún, ay! Qué gil!), terminé la secundaria y me mudé al centro. Sí, si hubo un mes tortuoso en mi vida fue enero de 2002; no por la estrambótica situación de nuestro país, sino porque estaba sola en Ciudad Jardín, viviendo en la casa de la señora Teresa. Él se había ido de vacaciones, mis amigos también, hasta mi hermana! La señora Teresa también se estaba mudando, entonces en la casa convivíamos mis padres (dos seres a los que en ese momento aborrecía totalmente porque eran los culpables de la mudanza), una dálmata con un carácter terrible, las cajas de nuestra mudanza y las cajas de la mudanza de la señora Teresa. A esto, se sumaba la falta de Internet, cable, video y dvd. Decidí, entonces leer las obras completas de Shakespeare para matar el tiempo.
El 2002 fue un año un tanto complicado. Él estaba con su euforia de quinto, y yo empezando el CBC; dos momentos sensiblemente diferentes para dos personas tratando de mantener una relación y, encima, a la distancia (entiéndase: para alguien de 18 años sin auto, un viaje en subte, otro en tren y más de veinte cuadras caminando es casi como ir a otro país). Los padres de él se separaron, luego de un fallido intento de reconciliación; cumplimos un año de novios, y terminó el 2002.
El 2003 nos acercó un poco más. Los dos estábamos en la facultad, él tenía muy seguido el querido y siempre bien ponderado Renault 9, y cursaba enfrente de donde vivo. Ese año llegó Sasha (la cocker), y la cosa se puso un poco más seria.
Y así llegamos al 2004: la verdad no tengo un gran recuerdo de este año. Ambos empezamos a trabajar, con lo cual hacíamos más cosas porque teníamos nuestra plata, y no mucho más. Creo que él empezó a trabajar a principios de 2005, pero da igual; la decisión de empezar a trabajar fue en el 2004, hacia finales del año.
